10 May

Comunicación y juegos psicológicos

 

¿Cuántas veces te has visto inmerso/a en una conversación que sabías de antemano cómo iba a acabar? Este tipo especial de conversaciones son aquellas en las que los intercambios transcurren como si fuera un partido de tenis entre los jugadores, sin que consigamos llegar a ninguna conclusión positiva.

Es decir, se conversa, se discute, pero no se soluciona nada. Se caracterizan también por el desgaste emocional que nos suponen. Si grabásemos este tipo de conversaciones notaríamos que sus diálogos son prácticamente idénticos en cada ocasión, desde el comienzo de la discusión hasta el final.

Una de las consecuencias de enredarse en este tipo de intercambios es que estamos condenados a repetirlos. ¿Os suena?

Lo que puede estar sucediendo en estas ocasiones es que hayamos entrado, sin darnos cuenta, en un juego psicológico. Éric Berne, creador del Análisis Transaccional, explica que ciertos intercambios negativos están sujetos a códigos, son repetitivos y nos encierran en juegos de rol, nos hacen cumplir un papel, como si fuéramos actores.

Los tres personajes más habituales de estos juegos psicológicos son la víctima, el verdugo y el salvador.

¿En alguna de tus relaciones se dan estos juegos psicológicos con frecuencia?

Si es así puedes aprender a reconocer el juego y el papel que tú estás jugando, para conseguir salirte del papel y avanzar hacia una forma de comunicarte y una relación más sana y productiva.

En primer lugar, ¿qué papel estás jugando tú?

Si te estas comunicando desde una posición de víctima, parte de tus intercambios con esa persona consistirán en quejas. La persona que juega este papel se presenta como impotente, incapaz de hacer algo para salir de una situación que percibe como impuesta.

¿Percibes algún beneficio secundario de ser una víctima en este juego?

Al ser víctimas atraemos atención hacia nosotros y nos eximimos de cualquier responsabilidad (“no es culpa mía” “tú me haces sentir así”)

Si te estás comunicando desde una posición de perseguidor o verdugo, probablemente contestas a la víctima con rabia, te muestras crítico y juzgas severamente al otro. Una forma de mostrarlo es negándote a darle tu aprobación. Se podría decir que, cuánto más débil e impotente se presenta la víctima, más te molesta y peor le tratas. Por eso a veces aparecen sentimientos de culpabilidad.

¿Qué obtenemos a cambio?

El rol de perseguidor o verdugo nos hace sentir poderosos y permite canalizar nuestras frustraciones hacia alguien que percibimos como más débil que nosotros.

Y al fin está el papel de salvador, el que acude raudo a salvar a la víctima aún a riesgo de salvarla de sí misma.

¿Eres conocido/a por ayudar a todos a tu alrededor?

¿Sueles ayudar o solucionar asuntos a los demás sin que éstos te lo hayan pedido explícitamente?

¿Tienes la sensación de ser el que ayuda a otros más que el que recibe de otros?

Si te has contestado afirmativamente puede que el papel de salvador sea el tuyo.

¿Cuál es el beneficio de ser salvador?

Actuar como salvador alimenta nuestro ego, nos brinda una ilusión de control y poder. Desde este lugar no nos damos cuenta de que le estamos “comprando la historia” a la víctima. Al creerla realmente desvalida, nos apropiamos de su responsabilidad para salvarla, con lo que infantilizamos a la persona, la sobreprotegemos y le quitamos el poder de salvarse a sí misma. Algunos salvadores crean así deudas morales con sus protegidos, que resultan imposibles de saldar.

Todos nos hemos comunicado alguna vez desde una de estas tres posiciones en nuestras relaciones de pareja, familiares, de amistad… En el mundo empresarial, cuando esta forma de comunicarse se impone en una organización acaba por intoxicarla.

Una forma de salir del juego es que la víctima deje de jugar. Sin víctima no hay perseguidor ni salvador. Cuando una persona admite su parte de responsabilidad en las situaciones deja sin trabajo a los otros dos personajes. No permite la conducta del perseguidor y no necesita ser salvada.

¿Cómo se puede salir del papel de salvador? Esperar a que te pidan ayuda explícitamente y dejar a la otra persona que encuentre sus propias soluciones podría ser un buen comienzo.

Cuando hacemos un trabajo personal de toma de conciencia nos volvemos hábiles en detectar estos juegos y podemos aprender a hacer algo diferente para salirnos del guión y comunicarnos con los otros desde la libertad y la espontaneidad consiguiendo así relaciones más auténticas.

 

María Ordax

Equipo ECOI Bilbao

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